Olón tiene el encanto de evadir lo mejor posible los largos feriados. No hay absolutamente nada que hacer para un novelero en la pequeña comuna santaelenera: toda la gran farra está reservada para, Dios las guarde en su infinita bondad, Salinas y ese engendro de pueblo en que se deforma Montañita en feriado.
Olón, entonces, es propicio para el descanso, la lectura, la escritura y las largas conversaciones acompañadas por el vino de la reserva casera -que nunca escasea por esfuerzo del suscrito-, algo de buena música y la penentrante oscuridad de la madrugada olonera. La velada se alarga, entonces, por lo general, hasta entrada bien la madrugada.
Cuenta la leyenda del otro lado de la roca que Olón era un viejo cementerio valdivia. La historia parece tener harto asidero: basta escavar unos cuantos metros en la tierra para encontrar huesos, cráneos, restos de vasijas y otras chucherías de los formalismos de la muerte prehispánica.
Es propio, entonces, de Olón que ronden fantasmas. Muchas historias se cuentan, muchos testimonios de primera mano. Se supone que en la casa de Tati habitan tres espíritus, todos buenos, dos en la planta baja y uno arriba. No lo aseguro yo, lo aseveró una especie de medium que alguna vez pisó la casa.
Poco crédito podría tener la vidente, si no fuera porque una pobre gringa se pasó siete días llorando por las noches en esa casa, aduciendo que algo no la dejaba dormir, ni en paz un solo instante.
Con semejante antecedente y víctima ya de las malas pasadas del sueño, el cansancio o quién sabe qué diablos yo recomiendo en esa casa no dormir con las gruesas ventanas de madera abiertas.
Esa fórmula (largas conversaciones nocturnas + cuartos de ventanas cerradas) produce que el sueño se alargue pasada buena parte o casi toda la mañana.
Ayer me levanté a las diez de la mañana -lo que encontré lamentable- porque una voz amplificada no paraba de pedir algo que entre la bruma de los sueños no lograba entender.
Cuando los sentidos se encendieron del todo, caí en cuenta de qué era lo que se oía a través del megáfono.
Ya estoy acostumbrado a esas martingalas que se originan en el centro del pueblo y se repiten en toda la comuna gracias a pequeños parlantes estratégicamente localizados. Así que por un momento dudé en prestarle atención.
No fue sino hasta que salí del cuarto y me recosté en una hamaca, luego del respectivo desayuno playero, que supe de qué se trataba la perorata. Era un pedido urgente, pero calmo. Resulta que una señora de apellido Barzola se ha enfermado y necesitaba ser trasladada a Guayaquil.
Lo que la voz, que era la voz de Santiago, el carpintero, pedía era la colaboración de buena voluntad de los comuneros para cubrirle los gastos médicos a la señora, que pasa por un momento difícil.
Desde las diez de la mañana hasta las cuatro de la tarde en que le perdí el rastro, la voz no dejó de agradecer las colaboraciones de los comuneros. Ninguna colaboración, desde que me senté a oírlas, una por una, como en la que agradecían a Pedro, el famoso Peque, que estaba de visita desde Ancón, excedía los cinco dólares. Algunas eran de apenas cincuenta centavos.
Pero fueron cientos de agradecimientos y cientos de pedidos de Santiago, el carpintero, que dejó de laquear un par de puertas y de cortar un par de muebles para irse al centro comunal a vocear durante el tiempo que fuese necesario e incomodando a los que, como yo, dormíamos sanos (por lo cual se disculpaba a cada rato, aunque no tenía porqué) para ayudar a doña Barzola.
Me pareció la reproducción criolla más hermosa que haya podido testimoniar de la fábula de Bertolt Brecht en la que un hombre ayuda a todos a construir partes de sus casas y al final del día todos las han terminado con su ayuda, pero él no tiene casa porque se dedicó a construir la de los demás. Y sin embargo andaba dichoso, porque sabía que todos lo ayudarían a construir la suya.
Esa fábula la leí hace muchos años y en alemán y no me acuerdo el título, pero la guardo como una de las historias más hermosas del autor de Madre Coraje porque se trata de esa cosa, de esa entelequia tantas veces devaluada, descartada y vilipendiada llamada Solidaridad.
